AGRADECIMIENTOS – Tesis doctoral en Derecho

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AGRADECIMIENTOS

Puedo asegurar desde el principio que el haber podido iniciar y llevar a feliz término esta investigación es debido a la convergencia de un sin fin de circunstancias que me acabaron arrastrando a ello pese a mi resistencia tanto inicial como continuada. En todas esas incontables circunstancias que se iban concatenando siempre estaban presentes personas concretas a quienes tanto aprecio y, a través de ellas, aquellas circunstancias se iban manifestando en matices e ideas para el trabajo de todos estos largos años que ahora culmina. Es a ellas a quienes quiero en primer lugar agradecer sus consejos, orientaciones, ayudas, insinuaciones, correcciones, observaciones, reprimendas cuando quería huir, trabajos aparentemente rutinarios,…etc.

 A quien tengo primero que manifestar públicamente mi agradecimiento -nobleza obliga- es a mi director de tesis José Luis Pérez de Ayala y López de Ayala, maestro y amigo. Tiene D. José Luis  una rapidez de pensamiento que sabe combinar la visión global de los problemas con la síntesis acertada que no descuida la minuciosidad de los detalles importantes; una erudición y formación humanística interdisciplinar  envidiable y, sin embargo, es patente en él la humildad intelectual de quienes vislumbran aquella sabiduría escondida aquí y allá y buscada por tantos; hombre bueno por antonomasia, admirado enormemente por mi padre -que en paz descanse- y también admirador de su buen talante humano y profesional. Hace ya treinta años que lo conocí en la Universidad Autónoma de Madrid y gracias a él pude iniciar mi carrera académica docente e investigadora.  Ya fue mi interlocutor constante en la tesis doctoral en Ciencias Económicas y Empresariales que llevó por título Sobre la naturaleza y causas del valor económico. Él me indicó la conveniencia de seguir la línea de la Escuela Austriaca que yo había descubierto leyendo La Acción Humana de Mises hace ya tantos años; a él le debo tantos descubrimientos intelectuales y morales y él es el que ha sabido guiarme con mano firme en este nuevo trabajo, sin extrañarse –mas bien al contrario- del atrevimiento del tema. Él también era consciente que esa temática –tan actual- iba a contra corriente. Gracias.

Quiero también agradecer muy especialmente a la Universidad San Pablo CEU –y en concreto a su Facultad de Ciencias Jurídicas y de la Administración- el hecho de abrirme sus puertas hace años para poder matricularme en sus cursos de doctorado, así como las enseñanzas recibidas. No es un agradecimiento retórico porque alguna otra universidad -por razones que no son del caso- puso obstáculos casi  insalvables a tal pretensión. En el CEU, desde el principio hasta el final –agradezco especialmente al director, al secretario del Departamento de Derecho Público I y a mi tutor Juan Ignacio Gorospe, su seguimiento y atención en la última fase-, todo han sido facilidades.

También agradecer a Jesús Martín Niño –director de mi anterior tesis ya citada sobre la que dialogábamos en la Residencia de Estudiantes- con quien he compartido –y sigo haciéndolo- tantos años de docencia en las asignaturas de Economía Política y Hacienda Pública,  Análisis Económico del Derecho y Economía del Sector Público en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma, ya renovada dos veces en su sede  desde aquellos primeros años. Con él, también al resto de profesores del Departamento de Economía y Hacienda Pública de la Facultad de Ciencias Económicas al que me honro en pertenecer. No es pedantería –porque es una verdad afirmada por muchos y fácilmente contrastable- que gran parte del peso de la dirección de la Economía Española en estos últimos años en los que ha conseguido estar en vanguardia europea y mundial, ha recaído en miembros de ese departamento. Baste citar a vuelapluma a Eugenio Domingo Solans –a quien tanto agradezco su amistad y consejo en tantos momentos de mi vida académica, luchador constante buscando siempre la excelencia que ha conseguido de continuo,  y contertulio desde el principio en los almuerzos-coloquio del Hotel Wellington-, José Ramón Alvarez Rendueles, José Folgado, Cristóbal Montoro en años anteriores, José Barea, Francisco Utrera, Rafael Corona o  Maximino Carpio y, desde luego, Gabriel Solé Villalonga, fundador del mismo.  No puedo citar a todos –me disculparán los demás-  pero sí a la actual directora del departamento Dolores Dizy –a quien agradezco me haya facilitado la dedicación casi plena a esta tesis en los últimos meses- y también, por distintas razones que ellos conocen, a Pedro Morón, Juan San Román, Olga Ruiz, Hipólito Gómez, Jesús Ruza, Paloma Tobes, César Herráiz o Vicente Enciso. Y, cómo no, a Reyes.

De otras universidades tengo la obligación de citar muy especialmente a Jesús Huerta de Soto que sí que me acogió en su tan famoso curso de doctorado en la Universidad Complutense del que tantos estudiantes -hoy ya profesores- se formaron en las ideas de la Escuela Austriaca difundiendo aquí y allá sus enseñanzas. Convencido y atraído por la verdad siempre nueva y sorprendente, su fogosidad intelectual -que no cesa y que no deja de llamar al pan pan y al vino vino– es uno de las grandes culpables de haber elegido el tema de esta tesis. Es  él uno de los mejores, si no el mejor, conocedor y entusiasta de la obra de Hayek y de su maestro Mises. Quiero hacer mención también de Carlos Rodríguez Braun –incisivo siempre y siempre liberal-, Evelio Verdera, Dalmacio Negro, Antonio Argandoña, Rafael Termes, León Gómez –agradecido por sus indicaciones, su amistad y por haberme facilitado su tesis doctoral incluso antes de ser defendida-, Gabriel Calzada –joven diamante intelectual en bruto- que tuvo la amabilidad de facilitarme varias de sus notas personales inéditas dándome permiso para citarlas, Rafael Rubio de Urquía, Ángel Galindo de la Universidad Pontificia de Salamanca, Juan Velarde, Juan Iranzo, Gregorio Izquierdo,…etc. Y un apartado especial para D. Juan Pérez de Tudela y Bueso –Académico de la Real Academia de la Historia-, el más insigne conocedor de la Historia de América y de Cristóbal Colón -y no sólo de América-, con un potencial de trabajo intelectual y visión certera omniabarcante e interdisciplinar envidiable y efectivamente envidiada por tantos; y del que tantas enseñanzas he recibido en conferencias, almuerzos-coloquio y sobre todo reuniones familiares. Reconozco que tengo un aprecio especial por su persona.  Y, por último, in memoriam, no quiero dejar de recordar  a Lucas Beltrán, Marjorie Grice-Hutchison y Felipe Ruíz Martín, más, si cabe, teniendo en cuenta el tema que nos ocupa. 

Puesto que los cinco años que he estado como Vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia son precisamente los que he tenido que compaginar con la elaboración de esta tesis doctoral, no puedo dejar de citar a mi primer Presidente Amadeo Petitbò Juan, y a  María Jesús Muriel, José Hernández, Miguel Comenge, Antonio Fernández Fábregas –secretario ejemplar del Tribunal-, Javier Huerta, Gonzalo Solana, Antonio del Cacho, Luis Martínez Arévalo y Antonio Castañeda. También a Esperanza Barba –apoyo continuado en el tratamiento de los textos- junto a la ayuda impagable de Doris y, sobre todo,  de Pilar Bernaldo de Quirós en esas tareas. Y  Charo Escribano, a cargo de la biblioteca. Y a Isabel y Jose entre tantos otros de aquella institución -a la que tanto debo-,  tan importante para el buen despliegue y promoción de la competencia –y por lo tanto de la economía- en España. Y no me olvido de Julio Pascual y Vicente, no sólo por haber compartido también las tareas en el Pleno del Tribunal durante esos cinco años, sino también por haberme incorporado en tiempos al Club Tomás de Mercado y, sobre todo, porque fue el protagonista destacado de una de esas pequeñas circunstancias de consecuencias totalmente imprevistas: me regaló hace muchos años la Suma de Tratos y Contratos de Tomás de Mercado que he utilizado en este trabajo. Su lectura fue también  un importante desencadenante en la elección del tema. 

Y desde el principio quería recordar a mis alumnos, verdaderos culpables de esto, y de los que también tanto he aprendido aunque no se lo crean. Fueron, efectivamente ellos los causantes de hacer la tesis doctoral en Derecho ya que, en mi fuero interno, consideraba  que impartiendo la docencia en la licenciatura de Derecho debería formarme más a título personal al objeto de transmitirles mejor los conocimientos de Economía Política. Más cuando tuve que impartir las asignaturas de Análisis Económico del Derecho Público o el curso de doctorado de Economía Constitucional.

Pido perdón por extenderme, pero no puedo dejar de agradecer a mi familia su colaboración en las tareas informáticas -entre otras- y, sobre todo, su paciencia. Paciencia  que es más meritoria en mis tres hijos -José Juan, Rocío y Fernando- que están en la edad de la impaciencia. Sobre todo en esas largas esperas para poder utilizar el e mail, los juegos o hacer -en el ordenador que en realidad siempre es ordenado- sus trabajos, todos ellos, efectivamente, importantísimos. Para ellos era ésta una tarea insoportable e innecesaria. El más incisivo y utilitarista de conveniencia  era Fernando, el más pequeño: Papá, esto ¿para qué sirve? No eres ya doctor. ¿Te pagan?

Y gracias a mi padre –in memoriam-, también por todo, como a Rocío.

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